Dulces árabes y tarjetas de crédito

Hola amiguitos:

Hace mucho que no me quejo de nada por aquí, así que allá voy. Esta vez, eso sí, voy a empezar con la alegría que me he llevado por la mañana, para que no parezca que solo aprecio las desgracias del día a día.

Resulta que tengo en mi tutoría a una niña marroquí que es un amor y cuya asignatura favorita no es precisamente el inglés (aunque no lo aborrece tanto como las matemáticas y la física). Pues hoy ha venido a hablar su madre conmigo y, bueno, lo típico. Le he contado muchas cosas que ya sabe y otras que se imagina y, por supuesto, le he dicho que estoy muy contenta con cómo me lleva la niña esta evaluación en inglés (ha sacado un supersiete en el primer examen) y que seguramente recuperará la pendiente del curso anterior. Y hete aquí que la buena mujer me dice que muchísimas gracias, que su hija está encantada conmigo y que ella por extensión también, que la he ayudado mucho y que ojalá el año que viene siguiera con ella. Y, además, la semana que viene empieza el Ramadán y como están ya preparando comidas y cosas, que me ha hecho unos dulces y que espera que me gusten. Obviamente se me ha derretido un poquito el corasón. Ya os contaré cómo de ricos están. 😀

A las pocas horas de esto, por circunstancias que han salido así, me he ido a comer al Vips con mi novio prometido. Todo muy bien, todo muy rico, hasta que hemos pedido la cuenta. Ha venido el camarero, ha cogido la tarjeta de mi lado de la mesa y la ha metido en el datáfono. Acto seguido, se lo ha dado a Paúl para que metiera el pin. Paúl me ha dado el datáfono, he metido el pin y se lo he devuelto al camarero. El camarero se ha ido un momentito, “ahora traigo la copia”, y, oh, sí. Ha vuelto con la copia y se la ha dado a Paúl.

Hasta la próxima, beibis.

El soplagaitas de la semana

Hola amiguitos:

Como algunos sabéis, estoy haciendo un curso para aprender a ser una funcionaria docente en condiciones, y en cada ponencia se trata un tema más o menos específico. Hoy en concreto nos han hablado del marco regulador de la convivencia en los centros de la Comunidad de Madrid. Pues, como es natural, se mencionan las altas esferas del centro.

En otro orden de cosas, se habla mucho últimamente de lenguaje inclusivo, pero tampoco es el fin del mundo utilizar un masculino genérico, ¿no? Incluso si se trata de cosas como ‘el jefe’, ‘el director’, se sobreentiende que puede ser ‘la jefa’ o ‘la directora’. Desde luego, yo personalmente nunca defenderé el todos y todas, los alumnos y los alumnas, ni mucho menos el lxs alumnxs o el direct@r como vi en aquel cuestionario.

Y os preguntaréis, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Pues la ponencia de hoy ha tenido dos partes. La primera ha sido una presentación de un powerpoint en la que nos explicaban qué papel tenemos cada miembra miembro del centro dentro de los planes de convivencia. La segunda, una especie de puesta en común por grupos sobre qué indicios nos hacen ver que un alumno puede estar siendo acosado, qué medidas tomar, etc.En la primera parte, hemos leído en diapositiva tras diapositiva cuál es el papel del director, qué tiene que hacer el jefe de estudios, que la comisión de convivencia está formada por el director, el jefe de estudios, un padre, un profesor y un alumno, etc. Y nadie lo ha visto raro. Pues hete aquí que cuando nos hemos puesto a compartir las reflexiones grupales, uno de los profesores asistentes no ha podido resistir levantar la mano durante la intervención del primer grupo para llamar la atención sobre el hecho de que está mal decir “el acosador” para hablar de la persona que acosa porque también hay acosadoras. Porque claro, parece que el acoso solo se produce por parte de chicos, cuando las chicas también lo hacen. Y que es importante que cambiemos esa idea desde nuestro entorno. Y, no os lo vais a creer, nadie le ha lanzado nada. La ponente le ha explicado muy calmada que es un masculino genérico, que somos conscientes de que no se limita a chicos.

Lógicamente, he tenido que compartirlo con mi mamá y con mi novio porque me sobraba indignación. Mi madre, que es muy pacífica, ha defendido al sujeto en cuestión, sin leer nada más allá, pero yo quiero pensar que es porque no quiere que me vuelva radical. En el mejor de los casos, el tipo cree en el lenguaje inclusivo llevado al extremo. ¿Y por qué cojones no le indignan los otros masculinos usados con el equipo directivo? Otra cosa es que durante la exposición de las conclusiones de su grupo hubiese metido un ‘el acosador, o la acosadora, que también las hay’, sin más explicaciones, sin interrumpir las contribuciones de otros para llamar la atención sobre el uso del masculino for the sake of it, sin aportar ninguna idea más. ¿Por qué ‘el director’ bien pero ‘el acosador’ mal? Si ha sido una cosa intencionada, una suerte de “también hay denuncias falsas” o “también hay mujeres que pegan”, jodido; si ha sido inconsciente, casi casi peor. Veremos.

¿Seguro que quieres comerte eso?

Uno de los problemas que tiene cualquier trabajo en el que tengas compañeros de ídem es que estadísticamente hay muchas posibilidades de que te toque algún gilipollas. En mi caso, al ser un trabajo bastante individual y solitario, esto no debería ser muy habitual, pero hoy se han alineado los astros y bueno… Cosas que pasan.

Os pongo en situación. Los miércoles es mi día chachi de acabar a la 1:30 e irme a casa feliz porque he acabado pronto. Pero hete aquí que he caído en un proyecto que implica reuniones y el mejor día para todos era el miércoles a las 14:25, ergo me ha tocado quedarme una hora más hasta la reunión. También creo relevante mencionar que desayuno a las 7:30 y me como una triste fruta en el recreo, a las 11, así que a las 14:30 empezaba a sentir un ligero rugir estomacal.

Pues llega la hora de la reunión y un niño ha tenido a bien partirse la mano, así que la directora y la jefa de estudios han venido un poco más tarde. En la sala de juntas estábamos la orientadora, tres profesoras de lengua, el secretario y yo, y ha venido el profe de matemáticas con unos caramelos para amenizar la espera. Los ha dejado en la mesa y ha cogido uno. Hasta ahí todo normal. Pues ante la posibilidad de que la reunión se alargara, he pensado que no me vendría mal un poco de azúcar para entretenerme y llevar con más dulzura la espera y la posterior reunión. Antes de abrir el caramelo, oigo por mi derecha (que es donde estaba sentado el secretario): ¿Estás segura de que quieres comerte eso? Paro en seco, giro la cabeza y medio cuerpo (así como las malas de las telenovelas, despacito y con intensidad) y me oigo decir:

– ¿Cómo dices?

– No, porque como luego decís las mujeres que os va a un sitio o a otro…

– (en un tono un poco más alto y con el gesto un poco torcido:) ¿Y qué pasa, a los hombres no se os va el azúcar a ningún lado?

– Sí, pero…

– (aún un poco más alto, ya con la atención del resto de presentes:) ¿Entonces por qué no le has dicho a Jaime [el profe de matemáticas] que se lo piense por si el caramelo se le va al culo?

– (con cara de incomprensión) Ay, mujer, qué sensibilidad.

– (con el gesto un poco más torcido) Bueno, no te preocupes, que debo de estar en uno de mis días.

– Pero no te lo tomes así.

Y ahí le he retirado la mirada de desprecio y me he girado porque lo próximo era decirle alguna barbaridad y si algo hemos aprendido es que no es propio de señoritas decir improperios o gritar al imbécil que te está diciendo la primera soplapollez que se le ha pasado por la cabeza. Y yo me pregunto: ¿Por qué se cree este señor con derecho a opinar sobre cuántos caramelos como o dejo de comer? Y lo que es más importante, ¿por qué no tengo derecho a contestarle como buenamente pienso que se merece sin que apele a que es cosa de mi sexo o de mi sensibilidad? Quiero pensar que simplemente era un chiste malo, que las respuestas absurdas que me ha dado son cosa de la sorpresa, porque quién iba a esperar respuesta a un inocente comentario (jocoso o serio, eso ya me da bastante igual). Somos unas histéricas dominadas por nuestras hormonas, son cosas de mujeres, ya sabemos.

En cualquier caso, he decidido no dejarme  amedrentar. Ninguna agresión sin respuesta, ¿no?, y qué mejor que empezar por las pequeñas e “inofensivas” e ir escalando.

¿Hay vida después de la oposición?

Hola amiguitos:

Por primera vez, y sin que sirva de precedente, vengo a hablaros de algo serio. Efectivamente, el tema es mi trabajo. Como ya os conté en el último post, me dio por opositar como me podía haber dado por hacerme sexadora de pollos, con la diferencia de que alguna clase había dado antes y de que los adolescentes no son tan monos como los pollitos.

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Pero a lo que iba. ¿Qué pasa cuando opositas y, oh, sorpresa, sacas plaza y te dan destino de prácticas en un centro que mola cantidubi?

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Cuando eres auxiliar de conversación en un barrio de las afueras de París, todo son dramas y entiendes que una niña que tiene 3 hermanos a su cargo no tenga mucho interés en las clases, o que un niño que apenas habla francés y tiene problemas para relacionarse con sus compañeros no preste toda su atención a la clase de español, o que un niño del que se ocupan los servicios sociales porque el padre está en la cárcel y la madre es drogadicta tenga arranques de ira. Y cuando eres teaching assisstant en una universidad privada pensilvana, es normal que tus alumnos estén más preocupados por la fiesta del viernes de Kappa Pollas Omega que por la música caribeña. Pero ¿qué haces cuando tus alumnos son adolescentes supernormales con el pavo propio de su edad pero poco más?

Durante el periodo de oposición, todo son risas y todas las clases son divinas porque tienes una clase de 28 alumnos tirando a homogéneos: 3 un poco más listos, 3 un poco más lentos y uno o una con una necesidad educativa especial porque así lo dice la ley. Todas las dinámicas de grupo funcionan a la perfección en el papel porque tienes un par de medidas pensadas para que el TDAH no se disperse y para que la niña que pasó el curso pasado en Irlanda no se aburra en la clase de inglés. Todas las clases son innovadoras y llamativas y al alumno disruptivo le vas a llegar con tu discurso de Oh Capitán Mi Capitán y tus clases gamificadas y se va a empezar a interesar por tu asignatura mágicamente.

Luego llega el periodo de prácticas y, como has estado 6 años de interino y ya has tenido una sustitución en Alpedrete, una vacante en Parla y has pululado por varios institutos de la Comunidad de Madrid, sabes que todo eso es mentira y te desenvuelves estupendamente con tus primeros alumnos como funcionario. Pero cuando ese no es el caso, la cosa se complica.

En este mes largo que llevo con alumnos, he tenido días buenos, días regulares y días que no tendría problema en no volver a vivir. Días en los que he llegado con una preparación justita y  la clase ha ido bien y días en los que el entusiasmo de un plan que me he pasado horas preparando o una actividad guay para hacer un punto gramatical más claro o entretenido dura segundos porque te lo revientan al poquito de entrar al aula. A poca experiencia docente que tengas, ya cuentas con que alguna actividad molona no va a funcionar en todos los grupos o con que una actividad de mierda que has metido como plan B o para rellenar pueda salir chachi y les encante. Pero lo que no es tan fácil de calcular es cuánto te va a afectar. Supongo que es parte del encanto del factor humano, pero a veces me dan ganas de preparar OTRA oposición (para que os hagáis una idea de lo jodido que es) de administrativo o similar para no tener que pensar en el trabajo fuera del trabajo. Para ir de 8 a 3 a una oficina y no preocuparme por cómo van a estar los niños ese día o cuántas fuerzas me van a quedar a séptima para lidiar con mi tutoría de bestias pardas. Y, sobre todo, para no soñar con clases y comerme la cabeza con qué hacer con Pepito o con Menganito o cómo carajo sentar a los grupos para que no me den la lata. Otros días llego y me digo que no me va a frustrar, que si todo va mal les planto un examen de castigo y que les den por culo. Otros voy preparada para todo y con paciencia infinita: si se sientan mal les quito la silla, si pintan en las mesas les mando a por un trapo y les pongo a limpiar, si tengo que pintar un pene en la pizarra, pues lo pinto, y si tengo que poner 7 partes, los pongo.

También es verdad que el primer año es en el que más trabajo tienes: todos los cursos son nuevos y no puedes reciclar nada de otros años. Todas las actividades molonguis las tienes que ir preparando de la nada, de webs, de lo que te cuentan otros o de lo que tu creatividad te permite. Cómo van a ir los próximos años, ya lo veremos. Y qué coño, cómo van a ir los próximos meses también.

Pero lo más importante, para no terminar el post con amargura, es que tengo todo el apoyo que puedo necesitar. Mi directora y jefa de estudios son guays, mi jefe de departamento y tutor de prácticas es peculiar pero le puedo pedir lo que necesite, mis compañeros del centro son, salvo un par de comemierdas, en su mayoría majísimos y siempre dispuestos a ayudar en cualquier cosa, tanto los de mi departamento como los de otros, la orientadora ya me ha aguantado un par de arranques de desesperación y nos hemos desahogado juntitas (de hecho, estamos unidas por lo más fuerte del mundo: un enemigo común. Ya os contaré más sobre esto) e incluso el personal no docente (conserjes, técnicos educativos y demás) se hace querer. Y, por supuesto, mi familia me aguanta todo lo que me quejo sin rechistar y mi novio querido, que ha vivido todo lo que yo y 12 años más, me escucha, me da sugerencias, me abraza cuando llego a casa llorando porque no sé qué hacer con un grupo y me cuenta cosas que le pasan a él que también me vienen bien.

Seguiremos informando (o no).

Historia de una flor en el culo

Hola amiguitos:

Decíamos ayer no sé qué de adoptar unos gatos preciosos. Pues al final aquello se torció como ya sabéis, ¿no? Pero del torcimiento de Isis y Tigrito salieron Saga y Troski, que ya tienen un año y no pueden ser más preciosas y buenas y de todo.

Pero, contra todo pronóstico, no he venido aquí a hablar de gatos, sino de mi libro oposiciones, como (casi) siempre, mal y tarde. ¿Y por qué?, os preguntaréis. Pues porque fueron el centro de mi vida (más o menos) de todo el curso académico pasado y también se merecen un post, porque por alguna extraña razón siento en parte ganas y en parte necesidad de escribir sobre ello. Por eso y porque son un sistema terrible, pero, aunque mucha gente parece verlo así, a nadie se le ocurre una alternativa más realista para decidir quién vale y quién no para dar clases.

Yo en realidad nunca me había planteado opositar. La idea vino motivada un poco por las vacaciones de profe y otro poco porque ya tenía pensado quedarme en la docencia pero no acababa de ver la posibilidad de encontrarme con semanas teniendo 40 horas solo de clases. Bueno, eso y que las condiciones laborales de la cacademia en la que trabajaba eran más que mejorables. No os voy a contar nada de mi nómina irrisoria ni de los pagos en B o las compis sin contrato (en algunos casos porque cobraban el paro y no iban a darse de alta por 150 euros, en otros por las razones que fueran), no vaya a ser que la policía empiece a investigar los blogs tanto como Tuiter y me denuncien por difamar a honrados empresarios explotadores que solo están mejorando las condiciones de vida de los banqueros andorranos.

El caso es que después de decidir que no me presentaba a las oposiciones de 2015 (cuya sola convocatoria también fue tela marinera), pues allá a principios del siguiente curso escolar me apunté a una academia de cuyo nombre no quiero acordarme porque, entre otras cosas, tienen los cojonazos de presumir de temarios actualizados y no dejan aún descansar en paz a P.D. James, Doris Lessing ni Nadine Gordimer y no os voy a contar en qué primer ministro se quedaron del Reino Unido porque me da la risa. Y diréis: ah, qué bien, pues dejas el trabajo y te dedicas a las oposiciones a tiempo completo. Pues no. Seguí con el trabajo de las mil horas mañana y tarde, sábados y puentes, de preparación de TOEIC, CAE, FCE, PET, ISE, IELTS y todas las siglas que se os ocurran con la única certeza de que mi magnánima jefa se había comprometido a dejarme los miércoles de 9 a 2 para que yo fuera a clase. Por supuesto, nunca le dije de qué, pero sospecho que ella, que es más lista que yo, se lo olería en algún momento. Y diréis, ¿y cómo coño estudias una oposición con un trabajo a jornada completa y un mínimo de vida social? Y yo os diré, pues mal. Pero os diré más, en la academia, vamos a llamarla Caquíster para no dar pistas, había gente en unas condiciones como las mías pero con tres hijos. Que yo a la vida “familiar” yo puedo renunciar por mucho que me duela desatender a las gatas o a mi novio, pero a los churumbeles no se puede. O gente en paro desde hace no sé cuánto y con una desesperación que en mi caso no existía. Imaginaos. También os advierto, no os encariñéis con los personajes de la historia porque al final todos mueren casi ninguno saca plaza.

Solo os voy a hablar de un par de casos aleatorios (bueno, y del mío) para que os hagáis una idea de cómo es aquello.

Voy a empezar con el de mi amiga la yugoslava. Esta chica, que es brillante, trabajó un tiempo a la vez que yo en la cacademia y en sitios guays como el Cervantes o la UNED. También ha vivido en sitios guays como Bosnia o Argel, y bueno… aquí en Madriz. Total, que ella se metió a opositar un poco como yo, a ver de qué va esto, a ver si hay suerte, parece una cosa estable… Pero con la diferencia de que su background, su experiencia y su preparación como que se mean en las mías. Para empezar, ella es filóloga, que así a bote pronto no es gran cosa, pero el temario de las oposiciones viene siendo la carrera condensada en 69 temas. Pues a mí verla allí en Caquíster me hizo mucha ilu, porque no sabía si la iba a ver más nunca fuera de la cacademia, hasta tal punto que, a partir de semana santa (cuando mi volumen de trabajo disminuyó significativamente entre otras cosas porque dejé una clase y mi jefa se enfadó, como es natural, todo sea dicho) empezamos a estudiar juntas. Como yo en literatura anglófona soy casi analfabeta y ella es la polla y a mí la lingüística me gusta, hicimos una distribución racional del trabajo: ella hacía los resúmenes de los temas de literatura y yo de los de lingüística. Por si no sabéis muy bien de qué va la parte teórica del examen, de los 69 temas que componen el temario te sacan 4 bolas ahí como en el bingo y tú eliges uno y lo desarrollas en dos horas (de ahí la necesidad de resumir los temas). Obviamente, casi-setenta son muchos temas, así que resumimos unos 30. Total, el día del examen cayó un tema de lingüística (de los que no habíamos hecho) y TRES de literatura (que sí teníamos). Y diréis, jo, la yugoslava lo petaría, porque se sabía los 3 y eligió el que mejor se sabía de los tres. Pues sacó un 2. ¿Por qué? Pues porque hay mucho hijoputa suelto, no hay más explicación. Es verdad que de un tribunal a otro hay diferencias abismales. En mi tribunal hubo 11 aprobados. En el suyo menos. En otro 1 aprobado. En otros 2, 3. En otros 15, 18. Se supone que estas diferencias tan grandes no deberían existir. Peeeero nadie dice nada.

Otro caso. Una chica jovencita, recién salida de la carrera y el máster de mierda de profesorado. No solo tenía los temas recientes y había estado hacía poco viviendo en Inglaterra, también hacía los deberes todas las semanas y se dedicaba fundamentalmente a preparar la opo. Se estudió lo menos 65 temas la jipicolgá y, salvo que los nervios la traicionaran, no me explico cómo no aprobó la primera parte (os diré también que tenía un máster en literatura no sé qué y también era más fan de esa parte que de la lingüística).

Otra más. Esta menos jovencita (pero tampoco muy viejuna), de Traducción como la muá, y también estudiosa y de las que hacen los deberes y pierden tiempo de ver a su hijo por dedicarse a esto. Pues tampoco pasó de la primera parte.

Y así otros 25 casos solo en mi grupo (Caquíster tiene mínimo 3 grupos presenciales y los que tenga a distancia). Voy a contaros que una chica que me caía bien aprobó con plaza y me alegró mucho. Esta también tiene un pequeñajo y aparte de hacer deberes y estudiar mucho se chupaba 1 hora y pico para venir a las clases y, lógicamente, ídem para volver a casa.

También es verdad que de esos 25/30 considero que se merecían aprobar la mitad, pero no solo 2 (que son de los que yo tengo constancia).

Acabada la primera parte del examen, de los casi 2000 pringados que nos presentábamos bajamos a casi 300, por lo que era difícil no sacar plaza aprobando la segunda parte. Pero claro, adivinad quién no las tenía todas consigo de que fuera a pasar y había ido dejando la programación para el último momento. Sí, yo.

Para quienes no sepáis nada de cómo va esto, la segunda parte consiste en dos partes: una programación didáctica y 15 unidades didácticas de la programación. La primera parte consiste en defender la programación y la segunda en presentar una de las 15 unidades de tres elegidas al azar. Tú llegas allí, te dan un minibombo de bingo con 15 números, te enseñan todas las bolas y sacas tres. Luego tienes una hora para preparar lo que sea y puedes decidir qué unidad presentar durante esa hora. Por estadística pura, si llevas 13 preparadas, tienes un 100% de posibilidades de tener al menos una para exponer. Si llevas 10, pues malo sería que no cayera alguna. Si llevas 7 (2 bien y 5 chuchurrías, como fue mi caso), las probabilidades se reducen, ¿no?

Aprovecho para recordaros que a la primera parte fui con 30 temas, 15 bien y 15 reguleros, y salieron tres que no me había leído y uno de los que me sabía regulero. Pero me dio para escribir algo y sacar un 6. Pues en la segunda parte, me cayeron DOS unidades de las siete que llevaba; una de las dos “buenas” y otra de las chuchurrías. Podéis imaginaros el patatús que casi me da cuando vi ahí el 13 en el minibingo.

Y bueno, el resto ya os lo figuráis. Ahora con más perspectiva puedo deciros que no me merecía la nota que saqué porque mi exposición fue harto lamentable. Mis puntos fuertes fueron que, como me aferré a un boli mientras exponía (un Bic además, como Pablo Iglesias), no se notaba tanto que estaba temblando, y que seguí adelante con mucha naturalidad las dos veces que me quedé en blanco y no me quedaban más cojones que pasar al siguiente punto para no perder tiempo y luego ir enlazándolos a lo cutre cuando me volvían a la cabeza. Entre las dos partes de la exposición me dio así un golpe de ganas de echarme a llorar que también controlé divinamente. Iba con tanta angustia de que no me daba tiempo que hasta me sobró tiempo de exposición, que no suele ser bueno, aunque al tribunal le vino bien porque pudieron hacer pausa café. Tan perdida fui que descubrí allí en el mismo instituto que la distribución de los tiempos era al revés de lo que yo pensaba (20-30-10 y no 30-20-10).

A posteriori he descubierto (porque mi novio y una de los miembros de mi tribunal son compis de instituto) que les gusté mucho y que aparentemente voy a ser estupenda para Bachillerato. Todavía está por ver. Pero de momento me tengo que centrar en recuperar la voz (llevo día y medio afónica) y en aprobar el año de prácticas en un centro maravilloso.

Es posible que hasta me haga un blog de esos de profe en el que quizá escribiré dos veces y luego abandonaré (como este). Pero por ahora estoy muy feliz donde estoy y tengo que terminar de acostumbrarme a esta vida.

Seguiremos informando (o no).

GATOS

Holaquétal

Tranquilos, que no vuelvo a los cibermundos, ¿eh? He decidido abandonar toda esperanza de recuperar los borradores, de contaros el súper viaje californiano o de volver a relataros tonterías periódicamente. Llevo ya aquí un añaco y pico y creo que ya he superado la depresión post-vacaciones-de-nueve-meses. Como resumen, el viaje moló mil, al mes de llegar a España Marina me regaló un trabajillo como acompañante de adolescentes en un campamento en Ascot, probablemente el sitio más pijo de Inglaterra, y al mes de volver del campamento encontré un cacatrabajo. En enero me harté del cacatrabajo, mandé (literalmente) 3 currículums, me llamaron de una de las ofertas y ¡TA-TÁ! Hasta hoy. Este julio me vuelvo a ir de campamento (ou yeah) y en septiembre si todo va bien, mi jefa, que mola bastante, me hará indefinida. Hasta aquí el resumen.

Ahora, vamos a lo importante. Como me caéis más o menos bien, he decidido no colgar 500 fotos de gatos en feisbu, así que si no os gustan los gatos, cerrad esto, ¡rápido!

Si nada se tuerce, después del verano nos traeremos a Madrid mi novio querido y yo a dos bolitas felinas que son la preciosidad gatificada, y eso merece un post o tropecientas fotos al menos. Os pongo en antecedentes. Mi tía tiene tres gatos preciozos en el pueblo: Napoleón, Atenea y Venus.

Venus, Atenea con cachorrito mamante y Napo

Bueno, pues a Napo le dio por trajinarse a sus hermanas y, como habréis adivinado, las preñó. Ahora el táiguer está castrado, pero el cabrón ya estaba persiguiéndolas al mes de haber parido. Como las pobres son jovencitas y pequeñajas, no han tenido unas camadas gigantes; Atenea tuvo dos y Venus cuatro, de los que solo quedan tres en total.

Aquí el amasijo de mininos

Pese a la endogamia, son lindos y listos, especialmente Isis, que es la que más enamorada me tiene ahora que no nos oye nadie.

Isis

Isis

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Isis otra vez

¿No es adorable?

¿No es adorable?

Y luego están Tigrito (o Tigrita, no sabemos) y Dimitri (o Dimitra, tampoco sabemos), que también son bellísimos (o bellísimas)

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Y ya no me queda nada más que contar de ellos. Uno está disponible para adopción si os interesa (Isis no. Isis es mía y solo mía). Se lo he ofrecido a dos humanos que sé que le darían mucho amor, pero no parece que estén convencidos, así que si os interesa ya sabéis.

Aquí una última (por ahora) selección del reportaje fotográfico.

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Mi novio estrangulando a Dimitri

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Toda la manada

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Y me despido con un miau de mis otras gatas, de las que, por supuesto, no me voy a olvidar.

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Que no me he ido, ¿eh?

Al menos de momento. Parece que os he abandonado con la vuelta a este continente, pero es que he estado muy ocupada haciendo ehm… vale, ha sido pereza pura. Volví de California hace casi un mes, que se dice pronto, y desde entonces me he dedicado a beber socializar, intentar terminar el máster molón y vegetar.

Me costó adaptarme un poco, como era de esperar, pero los félidos me perdonaron rait agüei (también es cierto que mi madre se marchó a Grecia el día que yo volvía, así que las opciones eran volverme a querer o quedarse sin esclava cepilladora), mi familia sigue igual, mis amigas están un poco de la olla pero también dentro de los límites y Madrid sigue siendo preciosa (aunque casi me da un patatús el primer día que cogí el metro porque se me había olvidado lo de vodafone sol).

A ratos echo de menos a la gentucilla de Allegheny (Meadville ni un poquito, oiga) y lo bonito que era trabajar 12 horas a la semana, pero ya voy teniendo una edad para buscar un trabajo de verdad, ¿no?. Speaking of which, Marina, a.k.a. patrocinadora oficial de mis experiencias laborales abroad, me lanzó a los brazos abiertos y desesperados de un campamento de verano para niños pijos magnífico a falta de monitor en Ascot, Inglaterra, así que aún me quedan 3 semanas de prolongación de los mundos mágicos de yupi (llevabas razón, Rob, y me jode) antes de verme del todo en el mundo real.

¿Y qué más? He vuelto a ver a mucha gente molona aunque aún me faltan personillas dispersas. He consolidado mi relación lésbica con Bea, aprobada por mi novio heterosexual, a través de diversas citas de cine, de más pírsins y hasta de una escapada romántica a Salamanca. He ido a la boda de una amiga que me saca un año, que da bastante miedo pero nos alegramos mucho por ella. Con despedida de soltera en domingo incluida. Me llena de alegría que España esté fuera del mundial y que no vayamos a sufrir el porculo del anterior y de la eurocopa. Me llena de lástima que tengamos otro rey y que no se vea un claro final a esta institución arcaica y sin sentido. He cambiado de look pelo aunque todavía me quedan restos de los tintes experimentativos de los u ese a. Y ya, creo. Algún día os contaré el super viaje o algo. Y si no pues os hablaré de Inglaterra. Ya veremos.

Besurros de Madriz